domingo, febrero 10, 2013

Flechazo




Acaricia mis sueños
desnuda mis temores
bésame las tinieblas
abraza mis colores
enrédate en mis ansias
atropella mis miedos
desbócate en mis prados
araña mis angustias
desgárrame la voz
remueve mis deseos
humedece mis soles
empuña mis anhelos
agita mis compases
mécete en mis mareas
bébete mis auroras
aprieta mis suspiros
muérdeme el corazón.
Y quiéreme este ahora
que quizás no haya un otro, nuevo,
nuestro… como este hoy…

domingo, febrero 03, 2013

La dama de Constantinopla



En mi camino hacia Constantinopla, la ciudad de los dos soles según dicen, ya que uno ilumina en lo alto y el otro se refleja iridiscente en el caprichoso surco hendido por la mismísima mano de Alá que los habitantes de esa hermosa tierra tienen a bien llamar "el cuerno de oro", me alcanzó la noche y tuve la fortuna de encontrar posada donde refugiarme de la estruendosa tormenta que me seguía bien de cerca, en una de las fortalezas llamadas carvanserai que, para mi fortuna, los sarracenos construyen para dar cobijo a las caravanas que comercian la ruta de la seda, que como bien es sabido pasa por esta ciudad y que es el motivo de mi viaje como mercader que soy.
 De todos es conocida la hospitalidad de este pueblo culto y educado, aunque feroz en la lucha como bien sabemos los que profesamos la fe verdadera, por lo que no tuve problema en encontrar un buen camastro donde pasar la noche y un lugar cerca del fuego donde tomar un reconfortante caldo caliente que me recompuso el cuerpo y alivió mi alma de los pesares del camino.
Aunque no soy persona de chismes no pude por menos que prestar atención a la conversación que transcurría a pocos pasos de donde me hallaba sentado, era un grupo de hombres que adiviné siervos de nobles, de tierras lejanas algunas, por la identidad que reflejaban sus atuendos, aunque no eran estos brutos si no finos y educados, al poco retiráronse los más a descansar, vencidos, según decían, por la ardua tarea que les había sido encomendada por sus nobles.

Me venció la curiosidad y no tuve problema en convencer a uno de los últimos a que compartiese mi mesa, alentado eso sí por una generosa jarra del buen vino que portaba conmigo como fiel compañero en este largo camino, esto fue lo que me contó tras vaciar con vehemencia más de la mitad de esta.

El motivo que los traía, a algunos de tan lejos, era la convocatoria de una exquisita dama que vivía en estas tierras y cuyo nombre no daré por respeto, y por que no viene al caso.
Era tal la fama de su belleza y riquezas que los nobles enviaron a sus mejores trovadores y versados poetas, pues eso eran todos, a cumplir la peculiar tarea de convencer a tal señora de la sabiduría y magnificencia de su señor. Se confesó hundido y temeroso del fracaso como los otros compañeros ya que la señora les sometió durante días a duras pruebas para encontrar quien describiese mejor su belleza y dotes, ya que sólo el que mejor lo hiciese sería el que llevaría la buena nueva a su amo de ser el dichoso elegido a compartir, no sólo sus riquezas, que eran muchas, si no también su más que apetecible compañía en la cama como era de suponer, y sólo el que consiguiera describir de mejor modo estas lograría el ansiado botín.
Lidiaron pues muchos de estos lacayos en dura pugna dialéctica y ella iba eliminando según transcurría el tiempo a los que no atinaban con la certeza esperada a describir sus virtudes.


Aita al fin de tanta lisonja sobre su belleza y virtudes decidió la última prueba que tuvo lugar este mismo día de mi llegada, díjole así al pequeño grupo de elegidos: Como ya apenas queda parte de mi cuerpo que no haya sufrido alabanzas mil, y viendo que la mayoría traían el papel bien aprendido, como prueba final les tocaría hablar sobre sus manos, y esta sería la tarea que les encomendó antes de decantarse por el señor que tenía a bien cobijar al mejor trovador según su parecer. Sus manos eran grandes, bien lo vieron todos, cosa que les puso alerta ya que la mayoría no entendían como nota destacada en dama tal que no fuese de manos finas y delicadas, si no más bien como defecto.
Afinaron el membrillo ante esta inesperada tarea y fueron pasando uno a uno a tratar de satisfacer la petición, según me contó, ya en el cuarto cuenco, en la reunión de la chimenea se fueron contando lo que se les había ocurrido,
uno dijo que sus grandes manos eran un regalo de Alá para que pudiera abarcar muchas joyas y riquezas, cosa poco elaborada ya que su fama de acaudalada viuda era conocida en los cinco mares y así se lo hizo saber la señora antes de despacharlo diciendo que por lo mismo bien podrían escurrirse entre sus dedos las joyas y monedas antes que sujetarlas.
Otro que eran así para poder cocinar los ricos manjares, que ya conocían por los días en que estaban empeñados en semejante afán y que la dama reseñó con desdén mientras se marchaba cabizbajo.
Otro que para elaborar hábilmente los bordados que cosía con maestría, cosa que la doña refutó con menosprecio ya que no era precisamente un regalo de Alá para sujetar las pequeñas agujas lo que le llevaba gran trabajo.
Uno más, que para manejar con gracia pinceles y paletas en su conocido gusto por la pintura a lo que ella contestó que el arte estaba en el alma y no en las manos, que eso era más bien de artesano que de artista.
El siguiente que para acariciar con dulzura a sus pequeños hijos, cosa que la molestó sobremanera ya que eso era tema más de corazón que de tacto, como así le dijo.
Y entrando mi interlocutor, no sin cierta satisfacción, ya que era el último que quedaba y sintiose vencedor por eliminación del peculiar torneo, llamó la señora a su lacayo que la servía, según dijo, fielmente desde hacía tiempo, peguntó al poeta y este sabiendo en donde los otros habían errado díjole que sus manos eran así para poder tocar con maestría el rabel, instrumento que ciertamente sonaba a gloria en sus manos, a lo que ella respondió que la música procedía del alma y sin tal sólo se podían rasgar las cuerdas pero no lograr ni una sola melodía que mereciera la atención de una mente cultivada y sensible.


Hundido el trovador y siendo como dije el último, la dama le ofreció una copa antes de despedirlo, y mientras le servían el vino la señora preguntó a su paje por qué pensaba él que tenía grandes sus manos, este nervioso titubeó unos segundos antes de decirle sin atreverse a mirar a su ama a los ojos:
Mi señora, es por todos sabido, incluso por los más humildes, entre los que me hallo, que el tamaño del corazón en las gentes es tal y así como su puño cerrado y es mi parecer que a vos no os han sido dadas por el mismo Alá, que es el más grande, más que por reflejo natural de vuestro enorme y generoso corazón.
Marchose más derrotado si cabe el trovador ante estas palabras ya que se sintió vencido, y así siguió incluso tras terminarse, a mi pesar, la jarra de vino.
De lo que aconteció en la sala entre el criado y la señora, si hubo algo, nunca lo supe, ya que el alba me sorprendió mientras apenas terminaba de narrar entre sollozos de alcohol la singular historia el poeta, y salí presto a continuar mi camino, pensando en que quizás sí, el paje conmovió a su dama de alguna manera y hubo final feliz, pero eso sólo ocurre en los cuentos.