En mi camino hacia Constantinopla, la ciudad de
los dos soles según dicen, ya que uno ilumina en lo alto y el otro se refleja
iridiscente en el caprichoso surco hendido por la mismísima mano de Alá que los
habitantes de esa hermosa tierra tienen a bien llamar "el cuerno de
oro", me alcanzó la noche y tuve la fortuna de encontrar posada donde
refugiarme de la estruendosa tormenta que me seguía bien de cerca, en una de
las fortalezas llamadas carvanserai que, para mi fortuna, los sarracenos
construyen para dar cobijo a las caravanas que comercian la ruta de la seda,
que como bien es sabido pasa por esta ciudad y que es el motivo de mi viaje
como mercader que soy.
De
todos es conocida la hospitalidad de este pueblo culto y educado, aunque feroz
en la lucha como bien sabemos los que profesamos la fe verdadera, por lo que no
tuve problema en encontrar un buen camastro donde pasar la noche y un lugar
cerca del fuego donde tomar un reconfortante caldo caliente que me recompuso el
cuerpo y alivió mi alma de los pesares del camino.
Aunque no soy persona de chismes no pude por menos que prestar atención a la
conversación que transcurría a pocos pasos de donde me hallaba sentado, era un
grupo de hombres que adiviné siervos de nobles, de tierras lejanas algunas, por
la identidad que reflejaban sus atuendos, aunque no eran estos brutos si no
finos y educados, al poco retiráronse los más a descansar, vencidos, según
decían, por la ardua tarea que les había sido encomendada por sus nobles.
Me venció la curiosidad y no tuve problema
en convencer a uno de los últimos a que compartiese mi mesa, alentado eso sí
por una generosa jarra del buen vino que portaba conmigo como fiel compañero en
este largo camino, esto fue lo que me contó tras vaciar con vehemencia más de
la mitad de esta.
El motivo que los traía, a algunos de tan
lejos, era la convocatoria de una exquisita dama que vivía en estas tierras y
cuyo nombre no daré por respeto, y por que no viene al caso.
Era tal la fama de su belleza y riquezas
que los nobles enviaron a sus mejores trovadores y versados poetas, pues eso
eran todos, a cumplir la peculiar tarea de convencer a tal señora de la
sabiduría y magnificencia de su señor. Se confesó hundido y temeroso del
fracaso como los otros compañeros ya que la señora les sometió durante días a
duras pruebas para encontrar quien describiese mejor su belleza y dotes, ya que
sólo el que mejor lo hiciese sería el que llevaría la buena nueva a su amo de
ser el dichoso elegido a compartir, no sólo sus riquezas, que eran muchas, si
no también su más que apetecible compañía en la cama como era de suponer, y
sólo el que consiguiera describir de mejor modo estas lograría el ansiado
botín.
Lidiaron pues muchos de estos lacayos en dura pugna dialéctica y ella iba
eliminando según transcurría el tiempo a los que no atinaban con la certeza esperada
a describir sus virtudes.
Aita al fin de tanta lisonja sobre su
belleza y virtudes decidió la última prueba que tuvo lugar este mismo día de mi
llegada, díjole así al pequeño grupo de elegidos: Como ya apenas queda parte de
mi cuerpo que no haya sufrido alabanzas mil, y viendo que la mayoría traían el
papel bien aprendido, como prueba final les tocaría hablar sobre sus manos, y
esta sería la tarea que les encomendó antes de decantarse por el señor que
tenía a bien cobijar al mejor trovador según su parecer. Sus manos eran
grandes, bien lo vieron todos, cosa que les puso alerta ya que la mayoría no entendían
como nota destacada en dama tal que no fuese de manos finas y delicadas, si no más
bien como defecto.
Afinaron el membrillo ante esta inesperada
tarea y fueron pasando uno a uno a tratar de satisfacer la petición, según me
contó, ya en el cuarto cuenco, en la reunión de la chimenea se fueron contando
lo que se les había ocurrido,
uno dijo que sus grandes manos eran un regalo de Alá para que pudiera abarcar
muchas joyas y riquezas, cosa poco elaborada ya que su fama de acaudalada viuda
era conocida en los cinco mares y así se lo hizo saber la señora antes de
despacharlo diciendo que por lo mismo bien podrían escurrirse entre sus dedos
las joyas y monedas antes que sujetarlas.
Otro que eran así para poder cocinar los ricos manjares, que ya conocían por
los días en que estaban empeñados en semejante afán y que la dama reseñó con
desdén mientras se marchaba cabizbajo.
Otro que para elaborar hábilmente los bordados que cosía con maestría, cosa que
la doña refutó con menosprecio ya que no era precisamente un regalo de Alá para
sujetar las pequeñas agujas lo que le llevaba gran trabajo.
Uno más, que para manejar con gracia pinceles y paletas en su conocido gusto por la
pintura a lo que ella contestó que el arte estaba en el alma y no en las manos,
que eso era más bien de artesano que de artista.
El siguiente que para acariciar con dulzura a sus pequeños hijos, cosa que la
molestó sobremanera ya que eso era tema más de corazón que de tacto, como así
le dijo.
Y entrando mi interlocutor, no sin cierta satisfacción, ya que era el último
que quedaba y sintiose vencedor por eliminación del peculiar torneo, llamó la
señora a su lacayo que la servía, según dijo, fielmente desde hacía tiempo,
peguntó al poeta y este sabiendo en donde los otros habían errado díjole que
sus manos eran así para poder tocar con maestría el rabel, instrumento que ciertamente
sonaba a gloria en sus manos, a lo que ella respondió que la música procedía
del alma y sin tal sólo se podían rasgar las cuerdas pero no lograr ni una sola
melodía que mereciera la atención de una mente cultivada y sensible.
Hundido
el trovador y siendo como dije el último, la dama le ofreció una copa antes de
despedirlo, y mientras le servían el vino la señora preguntó a su paje por qué
pensaba él que tenía grandes sus manos, este nervioso titubeó unos segundos
antes de decirle sin atreverse a mirar a su ama a los ojos:
Mi señora, es por
todos sabido, incluso por los más humildes, entre los que me hallo, que el
tamaño del corazón en las gentes es tal y así como su puño cerrado y es mi
parecer que a vos no os han sido dadas por el mismo Alá, que es el más grande, más que por reflejo natural de vuestro enorme y generoso corazón.
Marchose más
derrotado si cabe el trovador ante estas palabras ya que se sintió vencido, y
así siguió incluso tras terminarse, a mi pesar, la jarra de vino.
De lo que aconteció en la sala entre el criado y la señora, si hubo algo, nunca
lo supe, ya que el alba me sorprendió mientras apenas terminaba de narrar entre
sollozos de alcohol la singular historia el poeta, y salí presto a continuar mi
camino, pensando en que quizás sí, el paje conmovió a su dama de alguna manera
y hubo final feliz, pero eso sólo ocurre en los cuentos.