Nací en un barrio malo, de plazas sin jardines, y casas de
ladrillo, y fábricas de hambre, tabernas de barato donde el vino se lleva la
pena y la ilusión.
Donde las bolsas suenan a sumisión pasiva, y jóvenes y
viejos tienen el mismo encaro y perros como alambres aúllan decepción.
No quise ser el tuerto en un país de ciegos, de los que
enfilan proas recto a las cataratas. Aferrados a tablas con el fondo de plomo.
Y sé bien lo que
cuesta vencer la marejada, por que aquí muchos nadan para ahogarse en la
orilla, y que el faro en la niebla tiene la luz caduca.
Por eso ya no busco mi mesías a medida, ni aunque vista
tacones y bolso de charol.
Que yo no quiero noches de placer afectado, con que enjugar las
llagas de tantos arañazos, ni dramas añadidos a las horas del día, ni perro que me ladre, ni zorra que me
adule, buscando entre mis sábanas su propia salvación.
Que en este escalón que habito, donde ronda el otoño, y ya
los amarillos pintan más a tostado, casi
tanto me dieron como bien se llevaron.
Y ya me siento en paz,
entre el haber y el debe. Me siento en paz y libre de aceptar lo que pienso, y
de esquivar las redes que otros lanzan al aire.
Y sé bien lo que vale la verdad en la boca, por escasa, y un
brazo amigo, y una cadera amable.
Y un no de frente hiere menos que mil besos sin alma. Y se
agradece más.
Por eso sólo pido un
brindis a la luna, beberme tus anhelos, levantarte la falda, y esperar que desees
embriagarte de mí.
Y tu boca desnuda, y tus penas vestidas.
Y que el alba nos llegue en cuerpos aovillados, buscándonos en
sueños, soñándonos en vela.
Y llevarme tu aroma a mi rincón umbrío, donde quizás mañana
brote un rayo de luz.
