Corren malos aires estos días en Estambul, aquí, en las
orillas del Bósforo donde siempre sopla una brisa fresca en verano y gélida en
el duro invierno, siguiendo la ley natural que los mueve desde eras, siempre en
el mismo orden y sentido, de Norte a Sur frío e imponente, y su contrario
cálido y renovador. Lógica natural que el hombre adapta de manera extraña a sus
propias leyes, los rojos hacia la izquierda los azules a la derecha como si de
esa manera guardase el respeto debido, y perdido hace ya mucho, a sus orígenes.
Pero esta vez, otra vez, debería decir, es diferente, ya que
son vientos impuros, cargados de humo y gases de azufre, como del mismo infierno,
y de llanto amargo y rabia e impotencia, de ver y no entender el puñal aferrado en
mano, amiga en otros días menos grises. Pero también de fuerza y esperanza, y
de unas ganas inmensas de trocar las bayonetas en flores, o en arboles de un
parque que otros días estuvo lleno de risas pequeñas, y música y palabras de
amor, y aliento de construir un mañana mejor para otros además de para sí
mismos, y que hoy humea vergüenza en bolas de fuego, cual redentora plaga,
lanzadas desde los minaretes que algunos otorgan la altura del mismo cielo.
Malditos los tiranos que son y fueron, y los que los
mantienen y complacen a sabiendas por un miserable hoy, que no les llegará a
mañana, y no los que los apoyan en la fomentada y consentida ignorancia de
una fe intencionadamente excluyente y tan divergente de la que fue en su
origen, para el provecho de unos pocos que llenan sus nidos de urracas con las cuentas
de colores de sus mansas almas.Ninguna cruz vale un muerto, ni el primero, que lo hubo y para mi ya son muchos, ni una luna vale el llanto de un niño ni el temor de una madre, cuanto menos una incompleta, como el corazón de quienes están dispuestos a defenderla a hierro y fuego, de agravios contra el que creen más débil y errado, y que ni con escolta de estrellas ni telas rojas como sangre se sustenta en el cielo.
Y sé que el viento del Sur volverá a honrar esta tierra con
su cálido y anhelado abrazo. Mal que les pese.
Inshallah.
Me salté una norma no escrita de ignorar a los políticamente indecentes, pero mis razones tengo, como los que me son cercanos conocen bien.
