Nothing else matters. Versión de Apocalyptica.
El otro día oí de pasada una noticia que me tuvo pensando
durante un buen rato.
Resulta que hay una “enfermedad”, que no es enfermedad ni
trastorno a la que llaman anhedonia musical, esto es, la total ausencia de
estímulos placenteros al escuchar música.
Tendréis que disculpar mi ignorancia en este asunto de
enfermedades oficiales u oficiosas, pero nunca sentí excesivo interés en
conocer tantos tipos de dolencias como hay, algunas terriblemente dolorosas o estéticamente crueles, ni por curiosidad ni por morbo, de ahí que salvo las
que me han tocado de cerca a mí y los míos y alguna otra de inevitable
conocimiento por su repercusión social no sepa del resto más que por casualidad
como es el caso.
Ni conocía esta afección ni se me había ocurrido pensar que
pudiera existir algo semejante.
El simple hecho de pensar que ningún tipo de música es capaz
de erizarte el vello de la nuca me produce vértigos.
Y es que no conozco a
nadie que no haya cantado, bailado, silbado, reído, llorado, gritado o gemido, a
nadie que no se haya sentido emocionado alguna vez con el viejo arte de
combinar los sonidos y el tiempo.
Sin contar entre estos alardes de emoción con aquellas músicas
que se suelen escuchar sustentadas en gran medida por la ingesta por diferentes
vías de estimulantes de todo tipo y otras hierbas, valga la redundancia, la
música tiene esa capacidad que yo creía universal e inherente a la raza humana
en sí, de producir emociones tan intensas que en algunos casos conducen al
delirio o al éxtasis.
Que no es lo mismo que les suele ocurrir a los/as adolescentes
ante la visita de su ídolo/a de turno, más cercano a las calenturas del acné
que a placer real por los sonidos, al menos en la mayoría de casos.
Aún así se me hace cuesta arriba pensar que hay personas que no
tienen algún recuerdo, preferible aunque no necesariamente dulce, ligado a
alguna canción, que imagino que en este caso vale para relacionarlo
directamente con el placer ( prefiero los recuerdos positivos) que produce
escuchar de nuevo esas melodías.
Desde las impagables nanas con que nos han acunado cuando
apenas identificábamos su significado, ni falta que hacía, a los conciertos con
el grupo de amigos, la tonada del primer baile con sobe incluido, la inevitable
“nuestra canción” de pareja, a las ocasiones de irrepetible gozo escuchando lo
que nos apetece en soledad, algunos viajes y alguna que otra aventura, pasando por la
baladita con cena y velas de “esta noche sí”, la música nos acompaña en muchos
e importantes momentos de nuestra vida, afortunadamente.
Conste aquí mi eterno agradecimiento a quienes se dedican a
endulzar de alguna manera nuestra existencia con más o menos acierto, entregándose
a la creación y/o ejecución de la música.
Y como la hay de tantos tipos y para tantos paladares resulta
más difícil de digerir el hecho de que algunas personas sean impermeables a
cualquier tipo de emoción placentera ligada a esta.
Probablemente la Naturaleza, sabia como dicen que es, les
compense con otras experiencias que mitiguen esta, al menos para mí, cruel
merma en lo sentimental.
Amén.