sábado, octubre 26, 2013

Reloj de arena.



Demasiados crespones en estos días
demasiadas banderas a media asta.
Hollando  nuevamente los surcos embarrados
de la ultima carreta, Caronte de mis días.
Repitiendo los pasos frescos en la memoria
como un Othar sin amo, así viaja la parca,
marchitando las flores que riega el llanto,
lánguidas en la sombra del ciprés centenario.
Basta de crisantemos en usufructo.
Basta de romerías a campo santo,
inútil implorar tregua por otros,
se desliza la arena
sin piedad,
flemática.

sábado, octubre 19, 2013

Uno para todos.




Se llamaba Carmen.
Era una Pied-Noire que regresó a su Francia originaria, como tantos otros, tras la independencia de Argelia y la consiguiente pérdida de la colonia Africana.
Allí rehizo su vida después de un matrimonio fracasado, y se dedicó a los viñedos.
Recuerdo que solía contar historias de cuando era niña y su padre era propietario de un cine en algún bonito pueblo de la costa Mediterránea, aun aparecen con ese halo mágico que me sugerían, cuando venían a visitar a mis padres en vacaciones.
La vida y los achaques de la edad la trajeron muy cerca de casa de mis padres hace unos años ya.
Mi madre cuidó de ella en lo que pudo hasta que comenzó a marchitarse.
Murió sola, en la penumbra de una habitación de hospital.
Al funeral, sin exequias, acudimos 3 personas, mientras colocaban el féretro en el nicho del muro, un macabro Mondrian en blanco y negro. No hubo más. Ya no hay más.
Se llamaba Carmen, y prefiero pensar que también fue feliz.
Descansa en paz.

martes, octubre 15, 2013

De polvo y lodo.



Hoy me dio por bajar al trastero, aprovechando unos días de ocio, para tratar de recomponer de alguna manera la entrópica disposición  de cajas amontonadas y multitud de objetos acumulados en años.
Lo que suele terminar en un cambalache de unos por otros, o, en el mejor de los casos reemplazar los objetos inservibles, por no usados, más antiguos por otros de más reciente obsolescencia.
Pero no es una actividad inocua, al remover el polvo de algunos objetos que guardamos hay algo más íntimo que también se agita y que nos acaba perturbando en alguna forma.
Desempolvar recuerdos suele ser un arma de doble filo. Los trasteros y cajones suelen tener esa falsa pared, ese doble fondo del que surgen por igual sonrisas y aflicciones. Y surgen de modo inesperado a veces, ya que los recuerdos buenos pesan tanto como los malos y ninguno se va al fondo  por propia voluntad.
Y tampoco guardan una relación directa con el tamaño de la caja y la persistencia del recuerdo que alberga.
Embalajes que guardan objetos que a su vez contienen pedazos de existencia sin apenas esfuerzo aparente, como cargados de una infinita paciencia, a sabiendas de que les llegará su turno, y volverán a pellizcar de nuevo como en la última ocasión, somos tan predecibles a largo plazo.
Algunas cajas contienen proyectos, realizados o no, ilusiones, decepciones, impresiones de presencias ya lejanas algunas, de luchas olvidadas, de sonrisas amables, de complicidad, de besos disipados en el tiempo, tan distante ya que se evaporan casi en el mismo instante en que aparecen.
Fotografías, recortes, revistas, libros, zapatos, todo guarda algún vestigio de lo que fuimos, y de cómo fuimos en algún rincón de nuestra existencia.
Así encontré que abriendo una caja aparecía ropa de bebé, envuelta en aroma dulce de talco y lavanda, y aquellos curiosos ojos que miraban extrañados un mundo que se desplegaba a su alrededor, y risas, muchas risas, y noches sin dormir apenas pendiente del más leve susurro que delatase inquietud en un sueño que quisiera velar por siempre, y los vacilantes pasos que se escapaban del  trastero como buscando el rastro en unas huellas que se borraron por desuso.  La cerré, no sin esfuerzo.

Dura tarea la de encarar los grises del pasado si no se anda bien centrado en el presente.