Hoy me dio por bajar al trastero, aprovechando unos días de
ocio, para tratar de recomponer de alguna manera la entrópica disposición de cajas amontonadas y multitud de objetos
acumulados en años.
Lo que suele terminar en un cambalache de unos por otros,
o, en el mejor de los casos reemplazar los objetos inservibles, por no usados,
más antiguos por otros de más reciente obsolescencia.
Pero no es una actividad inocua, al remover el polvo de
algunos objetos que guardamos hay algo más íntimo que también se agita y que
nos acaba perturbando en alguna forma.
Desempolvar recuerdos suele ser un arma de doble filo. Los
trasteros y cajones suelen tener esa falsa pared, ese doble fondo del que
surgen por igual sonrisas y aflicciones. Y surgen de modo inesperado a veces,
ya que los recuerdos buenos pesan tanto como los malos y ninguno se va al fondo
por propia voluntad.
Y tampoco guardan una relación directa con el tamaño de la
caja y la persistencia del recuerdo que alberga.
Embalajes que guardan objetos que a su vez contienen pedazos
de existencia sin apenas esfuerzo aparente, como cargados de una infinita paciencia,
a sabiendas de que les llegará su turno, y volverán a pellizcar de nuevo como
en la última ocasión, somos tan predecibles a largo plazo.
Algunas cajas contienen proyectos, realizados o no,
ilusiones, decepciones, impresiones de presencias ya lejanas algunas, de luchas
olvidadas, de sonrisas amables, de complicidad, de besos disipados en el tiempo,
tan distante ya que se evaporan casi en el mismo instante en que aparecen.
Fotografías, recortes, revistas, libros, zapatos, todo
guarda algún vestigio de lo que fuimos, y de cómo fuimos en algún rincón de
nuestra existencia.
Así encontré que abriendo una caja aparecía ropa de bebé,
envuelta en aroma dulce de talco y lavanda, y aquellos curiosos ojos que
miraban extrañados un mundo que se desplegaba a su alrededor, y risas, muchas
risas, y noches sin dormir apenas pendiente del más leve susurro que delatase
inquietud en un sueño que quisiera velar por siempre, y los vacilantes pasos que
se escapaban del trastero como buscando
el rastro en unas huellas que se borraron por desuso. La cerré, no sin esfuerzo.
Dura tarea la de encarar los grises del pasado si no se anda
bien centrado en el presente.