Se llamaba Carmen.
Era una Pied-Noire que regresó a su Francia originaria, como
tantos otros, tras la independencia de Argelia y la consiguiente pérdida de la
colonia Africana.
Allí rehizo su vida después de un matrimonio fracasado, y se
dedicó a los viñedos.
Recuerdo que solía contar historias de cuando era niña y su
padre era propietario de un cine en algún bonito pueblo de la costa Mediterránea,
aun aparecen con ese halo mágico que me sugerían, cuando venían a visitar a mis
padres en vacaciones.
La vida y los achaques de la edad la trajeron muy cerca de casa de mis padres hace unos años
ya.
Mi madre cuidó de ella en lo que pudo hasta que comenzó a
marchitarse.
Murió sola, en la penumbra de una habitación de hospital.
Al funeral, sin exequias, acudimos 3 personas, mientras
colocaban el féretro en el nicho del muro, un macabro Mondrian en blanco y negro. No
hubo más. Ya no hay más.
Se llamaba Carmen, y prefiero pensar que también fue feliz.
Descansa en paz.

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