Corre la noticia estos días, de que en un país lejano, más
allá de los límites de la Tierra Media, llamado I-spn-ya o España como se le
conoce en su lengua propia, murió un gran hombre, a decir de los que le
conocieron, según me contó el bardo que pasó por estos pagos no hace tanto.
Al funeral de Estado acudieron todas las personalidades que
en ese reino son, muy afligidos y mostrando gran pesar en sus rostros todos
ellos. Enterrado con honores de gran guerrero como al parecer lo fue, según el
trovador que anduvo muchas fechas por esas tierras extrañas.
Dicen que enfrentó valientemente a sus enemigos en no pocas
ocasiones saliendo victorioso en muchas de ellas, cosa de no poco valor en una
tierra fratricida y belicosa, y que finalmente acabó traicionado por los suyos,
que ambicionaban el poder y las riquezas que eso supone en tierras gobernadas
por los hombres, y acabó sus días olvidado por todos, tanto amigos, si aun tenía,
como enemigos, sin duda de estos si le quedarían dado el carácter resentido de
esta raza hermana.
Sin poner en duda la valía de tal personaje, no deja de sorprenderme
la actitud de los hombres ante la muerte, siendo como es tránsito inevitable a
su propia condición.
Para los elfos que sólo morimos a causa de una gran pena, o
de manera trágica si algún otro nos arrebata la vida, la muerte es cosa
extraordinaria salvo en las desgraciadas épocas de las grandes batallas,
lejanas por fortuna en el transcurrir del tiempo. Y se puede entender la
desdicha al conocer la pérdida de cualquiera de nuestros hermanos.
En cambio entre los hombres, sabedores del castigo infligido
por el Único en los albores del mundo a su gran falta, resulta incongruente su reacción
a este devenir ligado a su naturaleza.
Y no es que no comprenda la pesadumbre que provoca la
ausencia de un ser querido, igual en ellos que entre nosotros. Es más bien el
proceder colectivo el que me asombra en estos casos.
Pareciera que en la muerte todos se igualen, ignorantes
muchos de que la muerte es sólo un comienzo a la verdadera vida que les fue otorgada.
(Y no seré yo quien trate de hacerles ver la verdad). Así en la muerte el
indigno se iguala con el honesto, el cobarde con el bravo, el ignorante con el
sabio. Y tan sólo en los casos en que la vida les es arrebatada en nombre de la
justicia por sus mismos congéneres se les evitan este tipo de eventos públicos
y se les niega el llanto común y compartido.
Tanto es así que en muchos casos se han honrado a crueles
dictadores y asesinos como si hubieran sido hombres de grandes logros para su
género y en otros, los más, mueren solitarios y olvidados los que merecían mil
veces más elogios que cualquiera de estos acaparadores de poder, riquezas e
injusticias por igual para con los suyos.
Debe ser que su estancia pasajera en esta tierra les hace
olvidar a veces quien fue bueno y quien ruín, quien fue leal hasta el fin y quien
traicionó la fe puesta en él por otros en algún momento. El que se entregó sin reparos
o quien medró con engaños a fin de conseguir sus propósitos en su breve
existencia sin reparar en cuanto mal generaba en uno o en ciento.
Y no concibo justicia alguna en esa compasión final, en ese
acto figurado a veces, que más parece muestra de caridad a sabiendas de que no volverán
a hacer mal ninguno, o que no se les volverá a ver a pesar de todo, que verdadera
aflicción.
Una muestra más de la hipocresía en que viven enredados, ciegos
tal vez por la premura de su abandono de lo que ellos llaman existencia.
Extraña raza la de los hombres. Pero como dijo Elrond el
grande: “No trates de entenderlos, sólo ámalos y muestrales respeto.”
Y en esas ando, aunque me cuesta en algunos casos.
“Y todo aquel que fuere honesto y cabal entre los hombres
tendrá un lugar en las blancas naves que parten de Válinor y entre los elfos
hermanos hasta el fin de los días”
-D.E.P