miércoles, septiembre 11, 2013

...como se quiere a un gato.



No deja de ser paradójico el hecho de que lo que nos atrae de una persona pueda llegar a ser lo que nos aleje de ella.
Y no es sencillo luchar contra los atavismos de una educación machista y retrógrada, ni contra el griterío de una sociedad que nos impone roles que acabamos asumiendo como normales y que a la postre nos impiden entender una relación de manera libre y satisfactoria.
Libertad, palabra estéril cuando se usa sin el juicio suficiente, sin la concepción plena de saber lo que significa ser libre en toda su amplitud y, sobre todo, de aceptar y permitir que los demás también lo sean, libertad para escucharte o no, para abrazar, libertad para juzgar, para susurrar ven, para decir adiós.
Libertad para elegir sus actos, sin la intención de daño, s'il vous plait,  aunque nos duela.
Con el tiempo he ido aprendiendo, asumiendo la convicción, de que nos entregamos cuando somos libres de pensamiento y obra, solo en esa condición  existe el amor real y no un sucedáneo almibarado, un cariño basado en la costumbre.
Y abrasa más un solo beso en libertad que mil caricias pagadas a fuerza de maniatar la voluntad por complacer al otro.
Y perdura, ya lo creo que sí!
Lucho contra esa visión pacata de la vida y del amor que decía al principio, con la esperanza de ganar y con la certeza de que sólo de esta manera podré disfrutar plenamente de otro ser.
Y es ese ser libre el que deseo. 
Y ese alma desnuda y descarnada, y disfrutar en plenitud, en libertad, de cualquier encuentro, por menudo que sea. Con un único y claro propósito, que tras la partida, tras el regreso a la cueva, nos invada con avidez ferviente y limpia, la necesidad imperiosa de repetir el encuentro, de volver a buscarnos y encontrarnos de nuevo. Sin más.

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