No deja de ser paradójico el hecho de que lo que nos atrae de una persona pueda llegar a ser lo que nos aleje de ella.
Y no es sencillo
luchar contra los atavismos de una educación machista y retrógrada, ni contra
el griterío de una sociedad que nos impone roles que acabamos asumiendo como
normales y que a la postre nos impiden entender una relación de manera libre y
satisfactoria.
Libertad, palabra estéril cuando se usa sin el juicio
suficiente, sin la concepción plena de saber lo que significa ser libre en toda
su amplitud y, sobre todo, de aceptar y permitir que los demás también lo sean,
libertad para escucharte o no, para abrazar, libertad para juzgar, para susurrar
ven, para decir adiós.
Libertad para elegir
sus actos, sin la intención de daño, s'il vous plait, aunque nos duela.
Con el tiempo he ido aprendiendo, asumiendo la convicción, de
que nos entregamos cuando somos libres de pensamiento y obra, solo en esa condición
existe el amor real y no un sucedáneo almibarado,
un cariño basado en la costumbre.
Y abrasa más un solo beso en libertad que mil
caricias pagadas a fuerza de maniatar la voluntad por complacer al otro.
Y perdura, ya lo creo que sí!
Lucho contra esa visión pacata de la vida y del amor que
decía al principio, con la esperanza de ganar y con la certeza de que sólo de
esta manera podré disfrutar plenamente de otro ser.
Y es ese ser libre el que deseo.
Y ese alma desnuda y
descarnada, y disfrutar en plenitud, en libertad, de cualquier encuentro, por
menudo que sea. Con un único y claro propósito, que tras la partida, tras el
regreso a la cueva, nos invada con avidez ferviente y limpia, la necesidad
imperiosa de repetir el encuentro, de volver a buscarnos y encontrarnos de
nuevo. Sin más.

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