Terminé de preparar la mochila a medio día, era el último puente del año así que decidí aprovechar una oferta para un par de noches de hospedaje con encanto, por desgracia sin el encanto de una deseada compañía, de esas que te “regalan” cuando te gastas un pastizal en llenar la cuba del gasoil de calefacción para no pelarte de frío en invierno.
Elegí una masía, no muy alejada de aquí, aunque lo bastante
como para olvidarme un poco de los últimos acontecimientos en mi historia reciente.
Tenía buena pinta, casi en la punta de una loma y de complicado acceso al
final. Eso siempre le añade un tinte bucólico al asunto.
Paré a comer en el restaurante de una gasolinera, cerca ya del
pueblo más próximo a la masía. Esta se encontraba a unos pocos kilómetros,
adentrándose en la sierra y había decidido pasar la tarde en el pueblo, aunque
los letreros informativos se empeñaban en hacerme creer otra cosa, indicando
con flechas y señales el Centro Histórico de la Ciudad.
Planeaba de paso ver una
película que pasaban en un par de horas para la que había comprado entrada por
internet. En realidad no tenía prisa por ir ya que me habían dicho cuando hice
la reserva que hasta media noche podría presentarme sin más problema.
Mientras apuraba el café, dispuesto ya a pagar la comida se me
acercó, era un hombre alto, enjuto, con aspecto de aquellos labradores de las
películas de posguerra en blanco y negro, de fotografía de Zappa y vestido de esa guisa, casi como un
desfase de la realidad, aunque quizás no tanto por estas zonas olvidadas del crudo
interior de la provincia.
El caso es que había estado observando, de tanto en tanto
mientras comía, como se aproximaba a las mesas del pequeño local, una tras
otra, y se quedaba parado, mirando inerte durante un rato, sin mediar palabra entre
él y los comensales.
Estos no le hacían mucho caso, parecían ignorarle con
cierta indiferencia, continuaban con su quehacer como si el extraño no
estuviera presente, lo que me llevó a pensar que eran gente de por allí y lo
dejaban a su aire o que al menos conocían del singular comportamiento de esta
persona, que, por lo demás no daba muestra de alguna alteración nerviosa o tic
agresivo que pudiera resultarme amenazante ante lo que parecía una visita
inevitable a mi expuesta parcela del salón.
Confieso que me puse alerta un momento, ya que durante un
rato había conseguido abstraerme saboreando el café y hojeando por encima las
sobadas páginas de un periódico que alguien abandonó un poco antes en la mesa
de al lado, y cuando estaba llegando a los deportes apareció casi de súbito
plantado delante de mi mirándome con fijeza.
Me relajé al mirar su rostro, que, aunque serio, emanaba
cierta atmosfera de placidez, la piel ajada de años bajo soles y vientos, las
bolsas plácidas en sus ojos hundidos, serenos, como un Gandalf con gorra, no
sé, me preparé para soportar mi parte de la función de la que él, y sólo él
parecía formar parte.
Metió la mano en el bolsillo derecho de su vieja chaqueta de
pana y extendió sobre la mesa un arrugado papel, un gesto que reviví al
recordar que le había visto alargar la mano en alguna mesa antes sin entender
el por qué, en el que escribió, con los garabatos típicos del que apenas sabe
de letras y se esfuerza en copiar varias veces una frase hasta aprender a
escribirla de un tirón, otorgándole el único significado que alguien le explicó
en algún momento y del que se vale para hacerse entender.
-'Tengo ambre, alluda. Por favor.'
Decidí “alludarle”, aunque sólo fuese por aliviar un pelo mi
conciencia y por no pasar la vergüenza de mentir a alguien por unas pocas monedas
, a pesar de gustarme poco las situaciones forzadas tampoco soy de mirar para
otro lado si puedo echarle un capote a alguien que parece necesitarlo y visto
el éxito con las otras mesas me lo pareció de verdad, si no resulta demasiado
gravoso para mi economía, y aunque no podía, (ni quería) quedarme por que
empezaba el cine en un rato, dejé dos billetes en la mesa, más que suficiente
para pagar mi comida y la suya, le dije sin esperar respuesta ya que no dijo
palabra mientras me excusaba, y salí del restaurante.
Mientras llenaba el depósito del coche vi las nubes bajas,
densas, lechosas, que iban descendiendo por los barrancos al mismo ritmo
pausado que avanzaba la tarde, para terminar seguramente por inundar las lomas
hasta la cresta en la noches brumosas que se dan por estas lindes en esta época
del año.
La tarde resultó entretenida entre el cine, y la copa que
decidí tomar después de pasear un rato por las despobladas calles de “la Ciudad”,
es algo que no me gusta mucho, pasear en solitario por calles desconocidas,
como si los habitantes se escondieran a mi paso para observarme sin ser vistos,
prefiero una toma de contacto más bulliciosa, así que no demoré mucho esta
primera incursión. Aún así era noche oscura cuando tomé el camino que me
llevaría a la masía unos kilómetros más adelante.
La niebla apenas me permitía ver unos pocos metros por delante
del camino de tierra a pesar de los potentes faros, mientras seguía rumiando a
mala leche mi falta de previsión al no haber cargado el móvil para poder llamar
al caserón a pesar de que ya debía estar cerca, cuando de pronto sentí un salto
brusco y un golpe seco en los bajos delanteros del coche, tan fuerte que algo
se descolocó y todas las luces se apagaron, mierda de baches, por el ministerio
de fomento les iba a dar yo y otras lindezas similares me vinieron a la boca
mientras me bajaba dejando el coche encendido, como mi ánimo en ese momento, para
recoger la linterna, de eso si llevo en el maletero, menos mal.
Apenas había luna, y
el suelo brumoso se mecía a mis pies y no permitía ver el camino así que fui deslizando
los dedos de la mano izquierda a lo largo del coche para no perder un
referente. La encontré con facilidad ya que es una linterna grande de esas que
parecen una caja de zapatos, con asa y todo, función luz de alerta y rotativo y
una potente lente frontal. Rezando a lo más alto para que no fallase la tan
asequible como fugaz tecnología China me agaché a revisar la parte delantera,
en un triste intento por creer que podría encontrar, si no al menos reparar con
la infalible técnica de las patadas a destajo, el serio contratiempo de la iluminación.
Al levantarme la sangre casi se me heló cuando vi aparecer
de entre las brumas una figura oscura, a apenas unos metros sin emitir ruido ni
sonido alguno mientras se acercaba despacio.
Al rato de enfocarla un poco más claramente reconocí al
personaje que encontré en el bar en la mañana, lo cual no puedo decir que me
tranquilizase demasiado, pero si se relajaron algo mis pulsaciones.
Se detuvo a unos pasos de mi y me indicó con gestos que EL
iba ALLI, señalando la oscuridad más adelante, donde, en un instante de brisa
racheada creí ver una tenue luz no demasiado lejos a pesar de las circunstancias.
Me pidió la linterna alargando la mano y me indicó con otro gesto que le
siguiera con el coche mientras empezaba a caminar alumbrando el camino.
Apenas recuperado de la impresión, no tuve tiempo de pensar
si era o no buena idea seguirle en estas condiciones pero el hombre seguía firme
hacia adelante y si no reaccionaba se perdería con la luz entre la bruma, así que
engrané primera, y con todos los sentidos puestos entre la luz y la inquietante
imagen que la portaba decidí llevar el coche conmigo ya que no me apetecía la
idea de dejarlo tirado en medio de ningún sitio. Tampoco abandonaría a mi
perro.
La figura apenas agitaba el viscoso vapor que se pegaba a la
tierra como una fantasmal marea en negativo, mientras yo seguía despacio con el
coche casi al ralentí cuando por mi lado de la ventanilla vi una sombra
destacando del terreno, un pilar, así que estábamos cruzando un puente, o eso
parecía. Ya no necesito más emociones por hoy pensaba mientras me centraba más
en ver lo imposible y escuchar cualquier ruido que me indicase suelo firme,
cosa que las ruedas iban confirmando para aliviarme un poco.
Tardamos unos dos siglos en cruzar el puente, mes arriba mes
abajo, y el mismo tiempo después el camino empezó a ascender y al poco la
niebla perdió fuerza en la rampa, lo sentí como que se retiraba, perdida la
lucha, al menos por el momento y conmigo saliendo victorioso.
El buen samaritano se detuvo mientras a unas decenas de
metros se iluminaba una casa y la plaza grande que tenía delante, por fin, alelujah.
El extraño se acerco a la ventanilla y me devolvió la
linterna correspondiendo tímidamente a mi sorprendida y enorme sonrisa de
agradecimiento, alumbré la parte trasera para recoger la mochila y cuando me
volví ya no estaba. Había desaparecido tan súbitamente como apareció entre la
niebla.
Aturdido como estaba aún, la noche no me dio para más que
formalizar de manera expres la inscripción y subir a mi habitación a tratar de
descansar y olvidar la tensión de mi tortuosa llegada y el extraño doble
encuentro con el lugareño.
Dormí mal, entre un sueño de sabanas agitadas por el viento
y sombras mortecinas que volaban entre ellas.
Me levanté temprano a desayunar y le pregunté al casero por
algún taller cercano, obviando el asunto del extraño en la noche para cuando
hubiera más confianza.
Tenía curiosidad por ver con luz de día el camino que unas
horas antes había padecido entre sobresaltos.
Seguí el camino recto en la bifurcación y al poco alcancé a
ver los gruesos pilares de ladrillo que escoltaban al puente unos metros más
abajo, pero no pude llegar, una cadena aferrada a dos vigas de acero
incrustadas en el suelo lo impedían, con un grueso y oxidado candado que sellaba
el silencioso mensaje, no pasarán.
Me extrañó el hecho ya que no recordaba
haber sorteado ningún obstáculo la noche anterior, el camino no daba para más
de ancho, pero es posible que lo bordease sin verlo en aquellas difíciles
condiciones con la ayuda del extraño guía.
Bajé del coche de todos modos, entre curioso y extrañado a
ver el rio y el barranco más de cerca. Pasando entre los pilares que casi rocé
en la oscuridad de la noche anterior.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando en unos pasos el suelo se
interrumpía sin sustento para encontrarse de nuevo unos metros más adelante, en medio nada, vacío, un
espacio abierto que se precipitaba hasta el fondo del barranco, desde donde
sobresalían de las rápidas aguas, los restos del pilar central, claramente erosionados
por la persistencia del agua en los apurados ladrillos de la base.
Volví sobre
mis pasos sopesando la posibilidad de que este no fuera el puente, ni estos los
pilares que crucé antes, ya que era imposible a todas luces, elucubrando sobre
cuanto te puede despistar la oscuridad y las compañías misteriosas. Volví por
el camino hasta la masía dejando a mi izquierda la señal de desvío que no había
visto antes, y me dirigí a la recepción tratando de ordenar mis pensamientos y
pregunté al casero como de pasada por el puente roto de más abajo que me había
encontrado por equivocación.
Me contó que el camino estaba cortado desde hacía unos años,
bastantes, por que el puente se destruyó en una crecida, y que murió allí
alguien esa noche, era mudo, un vecino del pueblo muy buena gente al parecer
aunque el apenas lo conoció, fíjese que cosa tan mala debe ser morirse ahogado
sin poder pedir ayuda, y que hubieron algunos problemas cuando trataron de
componerlo unos años después, accidentes y cosas así, y que al final decidieron
abrir una nueva carretera unos centenares de metros más arriba, y que le
soltaron una pasta al dueño de los terrenos, que ahora es el alcalde, y que un puente nuevo sustituiría al
provisional que llevaba un saco de años como provisional, y que la carretera y
el puente los hizo un cuñao del concejal de turno, que hacía puentes y obras
varias y también era panadero, y que vaya país, y que …
En menos de dos minutos estaba de nuevo en la recepción mochila en mano,
pagando la cuenta excusándome con el pretexto de arreglar el coche mientras era
de día y con alguna otra salida que se me ocurrió en el momento para evitar
preguntas molestas, agradecido y asegurándole que volvería y bla bla, mientras
intentaba que la sangre volviese a circular por mi pálida tez.
Intenté no descentrarme en la carretera aunque mis
pensamientos volvían una y otra vez sobre lo ocurrido, o lo que yo creía haber
vivido, en plena confusión de juicio y sensaciones, tratando de comprender
algunas de las situaciones para darle en lo posible el mayor peso de realidad,
de hacer tangible y soportable la historia, entender el por qué la gente lo
ignoraba en el bar de la carretera, y si estuvo allí realmente, si sólo yo
parecí verlo y por qué. Mi cabeza anduvo loca buena parte del trayecto de
regreso, que se hizo muy largo, aunque al final las cosas fueron encajando en
la recreación menos fantástica que pude ir trazando para evitar una crisis de
ansiedad o algo peor.
Llegué a casa algo más tranquilo y aliviado, después de haber
tomado unas cervezas con un par de amigos ya en la cuidad, a los que no comenté
nada de la historia que por momentos empezaba a acomodarse y ya no golpeaban de
súbito los recuerdos que no hace mucho tiempo me provocaban desbocadas palpitaciones.
Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta buscando las
llaves de casa y mis dedos atraparon un papel arrugado, extrañado de tener algo
en el bolsillo que no recordaba haber metido lo saqué intrigado, tenía algo
escrito en una pobre caligrafía, como de niño, aunque las palabras no me
recordaron ningún encuentro reciente con gente menuda cerca.
-En paz, amigo. Decía el escrito.
Le di la vuelta para mirar la otra cara de la enigmática
nota, y el corazón me dio un vuelco mientras mis manos se dispararon como un
resorte arrojando el papel lo más lejos posible, como si hubiese sentido un
pinchazo intenso, ardiente. Un movimiento reflejo provocado por el pánico que
me dominó al reconocer en el texto, la misma frase, con las mismas letras que
un día antes había puesto sobre mi mesa aquel ser, espíritu, o ángel, aquella
alma en pena o lo que fuese, cuya presencia imborrable me acompañará por el
resto de mi vida, ahora lo sé.
Muy a mi pesar.







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